lunes 12 de mayo de 2008

Capitulo VIII

El día siguiente al segundo encuentro entre Julia y Lucio nevaba sin parar y aquel poblado marginal del extrarradio de Madrid se asemejaba a una tundra de podredumbre. Por entre las veredas de vertidos y chatarra deambulaban yonkis habituales y ocasionales en una extraña romería sin más virgen que la heroína o la santa farlopa. Muchos de ellos habían hecho suya alguna ruina, cualquier cosa que significase mínimo recogimiento, y sin más dilación se inyectaban o fumaban su dosis sin que pareciera importarles demasiado que alguien pudiera reparar en ellos. En realidad nadie lo haría porque a nadie interesaban, cualquiera que tuviera el valor de transitar por allí o se drogaba o vivía de los que se drogaban. Todo quedaba en casa.

Teodoro estaba harto de ese horizonte, su inquieta imaginación dibujo durante años otros paisajes pero hacía algún tiempo que había dejado de imaginar y ya sólo podía pensar en huir. Veía en los yonkis el último eslabón de una cadena demasiado larga, el motor invisible de una economía subterránea y floreciente que alimentaba a fieras suburbiales.

En el centro de operaciones de aquella composición fantasmagórica se arraciman las chabolas formando un núcleo económico que, con los años y la prosperidad del negocio, había ido creciendo y evolucionando, como si de una ciudad paralela se tratase, con sus propias leyes y costumbres, como un parásito inevitable que subsiste mediante una simbiosis perfecta, un equilibrio en el filo de la gran urbe. En todas las casuchas destacan poderosamente las enormes antenas parabólicas y las pesadas rejas cubriendo todos sus posibles accesos. En sus puertas conviven elegantes coches de alta gama con sucios camiones de chatarreros y traperos. El contraste se le antojaba a Teodoro grotesco e insoportable. La nieve caía constante y el tráfico de especias continuaba como cada día, como cada año, como en un enorme mercado en el que la actividad no parece acabar nunca. Ríos de personas encadenadas a su particular rueda de los acontecimientos, que se suceden con total naturalidad, como si todo aquello fuera algo normal.

Tal y como Teodoro supuso, hubo gran chanza entre familia y allegados cuando se enteraron de su percance en el tren. Intentó ocultarlo pero, en cuanto su hermano le presionó un poco, acabó confesando la pifia. Trató, ya nervioso, ya con ese medio tartamudeo que tenía la manía de traicionarle en los momentos más inoportunos, de justificarse diciendo que el olvido de las balas se debió a la falta de costumbre, que él no había matado nunca antes.

-¿Qué fa-fa-fa-fa-alta de co-co-co-costumbre ni que niño muerto?- le increpó con voz enérgica su hermano Miguel entre las risas indisimuladas de todos los primeros espadas de aquel clan vergonzante- ...avé si aprendes a chamuyar como las personas humanas y te dejas de haser el pargo… maricón, que hases que la gente nos mire raro y piensen que tos somos de la misma ralea.

Teodoro no paraba de pensar, apenas escuchaba, se acorazaba en sus pensamientos para no tener que oír otra vez lo mismo… inconexo, absurdo, mediocre: ¿Cómo explicar a semejante animal de bellota nada acerca de la naturaleza humana? ¿Cómo decirle que al único en la tierra al que mataría con gusto es a él, que el resto del mundo nada le había hecho? ¿Cómo hacerle entender que, en realidad, aquel frío día de invierno, meses atrás, en que Lucio atravesó el corazón de su viejo con la bala de un 45, él sólo sintió un reconfortante alivio, ninguna pena? No se sentía culpable por ello porque pensaba que el mundo había ganado mucho más de lo que había perdido con la muerte de su viejo, especialmente el suyo.

Dio media vuelta y encaro la salida mientras oía carcajadas y algunos insultos a su espalda. La voz de Miguel Minuesa se alzó potente entre el murmullo y le atravesó el orgullo, como un último puñal que, por inesperado, si alcanzó su objetivo.

-Sí, nojaté parguela… y si quieres volver por aquí, si quieres el parné no me valen los paripés, sólo dejaré que pases por esa puerta con la chola de ese Lucio en las manos- las voces se mitigaron y animado por la expectación creada se animó con otra de sus gracias–…y, bueno, bizco, que no se sabe si miras pa Cuenca o p’albacete, que no hase farta que traigas la cabesa dil nota, que con qui traigas una prueba de que le has dao mule será suficiente. No se puede pedir más a un calorro como tú… eres una deshonra, padre dibió haberte mandao matar sin darte oportunidad de ná. No vales ni pa tomar por culo.

Escuchó quieto y con la mirada clavada en la puerta, la cabeza ladeada y el oprobio apretando sin compasión dentro de su cráneo, justo a la altura de las sienes. No quiso mirarle más, sentía vergüenza, sólo quería salir de una maldita vez de aquel lugar apestoso para vomitar la rabia y el nervio en la primera esquina que encontrara, fuera ya de la vista de aquella caterva de analfabetos desaseados a los que cada noche deseaba la muerte.

Después de vomitar hasta el alma se quedó sentado en el suelo, sudoroso y con la espalda sobre un muro medio derruido, sollozaba con la cabeza metida entre sus palmas extendidas. Daba la estampa de cualquiera de los cientos de yonkis -paisaje de su infancia- que se podían ver a todas horas, pinchándose desesperados para luego caer, casi de manera instantánea, en el sopor del zombi. Así se sentía él en aquel momento lamentable de su existencia. Quedó quieto sollozando entre nieve sucia, restos de jeringas y papeles de plata abrasados; sintió entonces un fogonazo que fue como salir de su cuerpo para hacerse una fotografía de sí mismo, así como estaba, componiendo aquel cuadro surrealista y patético. Levantó su mirada hacia ninguna parte y notó, como no lo había hecho nunca antes, que la determinación se apoderaba de él y, por unos segundos, cruzo como una ráfaga entre sus pensamientos un boceto del que sería su plan. Entonces una sonrisa acudió dócil hasta sus labios para acabar convirtiéndose en una carcajada, que nadie parecía escuchar pero que a él, le resultó una suerte de liberación instantánea.

domingo 11 de mayo de 2008

Dos funámbulos

Funámbulo, la.

(Del lat. funambŭlus, que anda sobre una cuerda).

1. m. y f. Acróbata que realiza ejercicios sobre la cuerda floja o el alambre.

2. m. y f. Persona que sabe actuar con habilidad, especialmente en la vida social y política.

La mayoría de la gente piensa que estar allá arriba, a varios cientos de metros sobre el suelo, pendiente tan solo de la búsqueda del equilibrio, de no errar el siguiente paso, sintiendo el cosquilleo del vértigo recorriendo la columna una y otra vez, con cada leve movimiento de la pértiga, con cada latido del corazón, difiere en algo a tener los pies depositados firmes sobre la tierra. Yo, que conozco las dos realidades, puedo asegurarles que no es tan distinto. La vida es igual de caprichosa e inconsistente en el suelo que allí arriba; en ambos lugares, cada paso -cada cien- es una extraña mezcla de habilidad, causa y azar.

La vida de Juan transcurrió por veredas de suaves pendientes en las que el horizonte siempre aparecía despejado. Hay personas que parecen inmunes a la mala suerte, a las que el éxito les encaja con tal naturalidad que no sorprende verlas triunfar; que se mueven por la vida con seguridad insultante, haciendo realidad todos sus sueños con tan sólo proponérselo. Juan era una de ellas, un auténtico caballo ganador. Me ha contado su vida tantas veces, desde que estamos aquí, que me la sé de carrerilla; estoy seguro de que si volviera a nacer podría seguir todos sus pasos sin miedo a equivocarme ni una sola vez. Porque Juan nunca se equivocó cuando todavía respiraba; tuvo siempre las cosas tan claras, era tan meticuloso, que cada vez que me lo vuelve a narrar -parece incansable-, recuerda con exactitud cada paso dado, cada decisión tomada, cada momento incandescente de su, a todas luces, corta existencia. No he sido capaz, a pesar del tiempo transcurrido, de la cantidad de veces que he oído las mismas frases, de encontrar contradicciones en su relato ni posibles fisuras en la persona que un día fue, dechado de perfección. Recuerda su vida de cabo a rabo, hasta en el más mínimo de los detalles. Quizás sea esa su penitencia.

En cuanto a mí podría decirse que no tuve elección, anduve por el alambre desde antes de tener uso de razón. Lo hacía con tanta naturalidad que cuando pisaba el firme de la tierra me sentía inseguro y quebradizo. Mi hogar eran las alturas, mi mejor amigo el vacío bajo mis pies. No puedo contar mucho más porque mi vida se reducía a entrenar y actuar. Sí les puedo decir que hubiera preferido conocer a Juan en otras circunstancias, presentarme ante él de otro modo, pero, como ya he dicho, el azar a veces se empeña en sorprendernos -a unos más que a otros- en el momento menos oportuno. Si dios hubiera existido -ahora puedo afirmar que no- me habría presentado ante él sólo para decirle que como cabrón jocoso no tenía igual y quién sabe si no le hubiese echado la culpa al diablo.

Quizás se pregunten acerca de mi penitencia. Es la continua monserga de Juan, su lloriqueo constante, este gemido lastimero que me perfora el tímpano, como un zumbido infinito que atraviesa el extraño silencio de esta noche que nos ha tocado compartir. Siempre dándole vueltas a lo mismo -a él y a su vida plagada de éxito-, pensando en lo que debió ser, repasando hasta la extenuación cada paso dado, cada decisión tomada, hacia delante y hacía atrás… buscando con habilidad meticulosa una explicación al azar a través de sus causas. Como si eso fuera posible. También tiene la fea costumbre de recriminarme que yo fui el artífice de todas sus desgracias, el causante de lo imposible. Yo suelo reír amargamente cada vez que lo escucho; soporto mi penitencia entre la culpa y el desamparo.

En realidad su única desgracia fue pasear por aquella calle, el día en que el circo llegó a su ciudad, y detenerse a mirar a una rubia despampanante que atendía a mi actuación, esa en la que anunciaba desde las alturas la feliz noticia de nuestra llegada. Fue el día en el que nuestros destinos quedaron ligados para siempre. Yo observaba a la multitud arracimada expectante bajo mis pies, a cientos de metros por debajo, cuando una gaviota decidió posarse en mi pértiga; sentí el leve cambio de peso e intenté retroceder sobre mis pasos pero ya era demasiado tarde porque acababa de emprender una nueva zancada sobre el alambre y aquel movimiento inacabado, acabó por convertirse en el gesto patético de aquel que sabe a ciencia cierta que acaba de traspasar el umbral de la muerte. Por unos segundos quedamos solos el vacío y yo, mirándonos fijamente por última vez. Tengo que reconocer que no se pareció en nada a como lo había imaginado o soñado: caí desde una altura de veinte pisos y ni tan siquiera pude gritarle a Juan que se apartara, el sonido quedo congelado en mi garganta y a pesar de que puse todo mi empeño en ello -el último de mis empeños- no lo conseguí. Juan se había detenido y se encontraba más pendiente -nunca lo ha reconocido- del culo de aquella hermosa muchacha que gritaba horrorizada mirando mi desplome, que de cualquier otra cosa que pudiera suceder a su alrededor. Si se hubiera molestado en levantar la cabeza, tan sólo unos segundos, yo no les estaría contando a ustedes nada de esto.

Los dos morimos en el acto. Nuestros cuerpos quedaron reventados sobre un charco de sangre durante más de ocho horas, fue una vergüenza. El juez que debía proceder al levantamiento de nuestros cadáveres había prometido a su hijo pequeño que aquella tarde le llevaría a ver a Ángel Cristo y sus leones, que acababan de llegar a la ciudad y que por aquel entonces se encontraban en el cenit de su fama, como aquel otro, ese joven prodigio del piano, medio chino medio austriaco… ¿cómo se llamaba?... ah sí…sí… Wan Helldemann. ¿Lo recuerdas, Juan?

jueves 8 de mayo de 2008

Efímero (Fuera de programa)

Es seguro que muchos de ustedes aún recuerden a Wan Helldemann, el que fue niño prodigio del piano, ese que arrastró sus huesos por medio mundo, de platea en platea, de plató en plató, como un pequeño mono de feria, tocando piezas de otros ilustres avezados como Mozart, o Haendel. En una ocasión llenó el Wigmore Hall, acompañado por la Filarmónica de Londres; fue una calurosa tarde de julio del 73, cuando se encontraban en el cenit de su fama y su foto colgaba sonriente en las portadas de revistas de medio mundo. En aquel concierto -que luego se supo- legendario, acababa de cumplir doce años aunque lo cierto es que el azar de un oído prodigioso le había llevado a comenzar su particular periplo, de la mano de un padre severo, cuando apenas tenía seis. Tras el concierto su fama experimentó un fogonazo incandescente y a partir de entonces comenzó un suave declive hacía el gris anonimato, tan suave que nadie reparó en él, tan progresivo en su avance que pareció natural. Su foto fue desapareciendo de las portadas, apenas aparecía en las reseñas culturales, su nombre fue borrándose de los carteles iluminados. Había muerto el niño -la noticia-, había desaparecido sin que nadie se enterara, siquiera él mismo.






jueves 24 de abril de 2008

Capitulo VII

Desde el momento en que Lucio clavó la mirada en sus ojos transparentes, desde el mismo instante en que ella sintió esa punzada que le recorría desde la rabadilla hasta erizarle los finos pelos de la nuca, supo Julia que otra vez volvería a sucederle lo mismo. Era una especie de maldición que le perseguía desde que fue niña y que parecía arrastrarla siempre por el lado más difícil y menos amable. Con los hombres nunca fue distinto.

Sabía que todo aquello no era más que una temeridad más y una leve sensación de excitación le recorría desde el estomago hasta la punta de los dedos. Se enfrentaba nuevamente a su suerte y ahora, mientras esperaba a Lucio sentada en un banco, con los pies inundados de hojas secas, exhalaba -convertido en vaho- todo el temor que quiso ocultarse durante las horas previas a su anhelada cita. Siempre había afrontado la vida con entereza y sin temores, a pesar de haber sufrido todo tipo de contratiempos pero, en esta ocasión, se sentía insegura y temerosa de lo que pudiera pasar durante aquel encuentro. Al fin y al cabo no conocía de nada a ese tipo y el único sentimiento que tuvo la primera vez que cruzo la mirada con él fue el de escalofrío: una leve puntada que comenzó en la rabadilla y acabó erizándole los pelos de la nuca.

Permanecía con el mismo libro de Kundera –La inmortalidad- abierto entre sus dedos enguantados aunque todavía no había sido capaz de leer siquiera una frase completa; ahora su mirada, resignada a la vaguedad del pensamiento inconstante, aparecía perdida en la imponente desnudez del palacio de cristal. Siempre le gusto el parque del Retiro, lugar testigo de soledades y circunloquios, conjunto de árboles, bancos, estatuas, fuentes y veredas que aguantaron junto a ella los momentos de flaqueza y los agradables de sol tibio y lectura despreocupada. Le agradó que Lucio escogiese aquel lugar de encuentro, lo interpretó como una señal, capaz por sí misma, de apaciguar el mensaje sin matices que su instinto le mandó la primera vez que sintió los ojos de Lucio desnudándole el alma, a través del tiempo y del espacio. Quería recuperar esa punzada mezcla de terror y deseo que era su mirada, deseaba sentirse presa de ella una vez más.

Le hubiera gustado salir corriendo, deshacer todo lo hecho, todo lo pensado, los deseos albergados en las últimas noches de inquieta espera. Hubo de imaginar, casi se forzó a ello, que tras los ojos del tiburón, vacíos de sentimiento, plenos de maldad, se escondía un futuro distinto, que aquella vez el instinto, ese que nunca le fallaba, la engañaba… porque nada puede ser perfecto, porque nada es infalible. Aquella vez, imaginaba, debiera ser otra distinta.

Lució apareció sigiloso y antes de que se diera cuenta lo encontró de pie frente a ella, con su largo abrigo y las manos en los bolsillos. La miraba fijamente y ladeaba la misma sonrisa perversa.

-¿Paseamos?

-Claro, me estaba quedando helada.

-Es cierto, hace frío. ¿Llevaba mucho tiempo esperando?

-No, que va -mintió- sólo unos minutos…

-Veo que no ha terminado de leer la novela

Ella esbozó una leve sonrisa…

-En realidad sí… los suelo leer dos veces si me gustan… hay tan pocas cosas que merecen la pena que…

-Sinceramente me parece un tanto absurdo –atajó cortante

-¿No le molesta a usted olvidar aquello que le ha hecho disfrutar de verdad?

-Lo que realmente me gusta, igual que lo que odio de veras, nunca lo olvido, no necesito verlo ni leerlo más de una vez.

La mirada de Lucio pareció soltar un destello y entonces la punzada de escalofrío –esa que íntimamente hubo deseado apenas unos minutos antes- volvió a recorrer su columna. Trató de retomar la compostura, intentaba en vano aparentar normalidad. Entonces le vino a la cabeza un pensamiento que le ayudó a enderezar el ánimo: ella era Julia Sommerset, ella podía ser quién se le antojase, podía simular, al igual que hizo con su apellido, cualquier otra vida, alejada de sus miserias, dibujada sobre los retazos de miles de libros, de cientos de aventuras leídas al son del traqueteo de un tren de cercanías.

-Yo no hablo de rencor, Sr. Cortés. No me interesa conservar la fealdad de este mundo, sobretodo habiendo tantas cosas buenas en las que cobijarse.

-¿Cosas Buenas? -Inquirió con la ironía en el gesto- Mire, Julia, lo bueno o lo malo no es más que una cuestión de percepción, nada más. Yo he contemplado los horrores del mundo, lo inmundo del ser humano… y al final sólo importa uno mismo. El odio es mucho mejor motor que el amor y habita en todos nosotros. Si lo supiera manejar se daría cuenta que en la mayoría de las ocasiones resulta mucho más útil que cualquier otro sentimiento. Mueve con mayor soltura los engranajes de este planeta, no tiene más que enchufar la tele.

-Yo no podría vivir con odio en mi interior.

-Todos lo albergamos, no es una cuestión de cada cual, es nuestra naturaleza, se lo puedo asegurar, he estudiado a fondo el tema

- Pero algunos luchamos cada día por deshacernos de él, precisamente porque no nos gusta el camino por el que nos conduce.

-Parece usted una monja… ¿lo es?

Lucio no podía esconder su gesto de sorna. Julia estaba dolida con sus palabras, pero a la vez sentía una extraña atracción que aumentaba con cada paso por entre las hojas secas del parque. Decidió que era la hora de empezar con su particular teatro de los sueños.

-En realidad lo fui. Viví en Roma durante mi adolescencia y me sedujo la posibilidad de serlo. No llegué a tomar los votos porque un italiano de profundos ojos negros me sedujo y me desvirgó antes de que pudiera darme cuenta. De lo que sí me di cuenta fue que la vida de monja no estaba hecha para mí.

Lucio se detuvo y la agarro con fuerza de ambos brazos, encarándola y dejando su rostro a apenas unos centímetros del de ella. Julia se quedó paralizada, sabía que ese era el momento para salir corriendo sin mirar atrás, estaba segura que si se quedaba quieta su mundo cambiaría radicalmente, que ya nada volvería a ser lo mismo; las sienes le palpitaban con violencia y tenía ganas de gritar como lo hace un guerrero al salir de la trinchera camino de la muerte. Pero tan sólo se quedo quieta, atrapada por la mirada, negra y profunda, de aquel extraño al que apenas conocía pero que había colonizado su pensamiento desde el momento en que lo vio por primera vez.

-Julia, no puedes mentirme porque leo tu pensamiento a través de tu mirada. Tus ojos son uno de esos días claros en los que se puede ver más allá del horizonte sin apenas esfuerzo. Es cierto que no albergas ningún mal en tu interior pero jamás has sido novicia ni has vivido en Roma. Conozco a mucha gente pero nunca he visto una mirada como la tuya… podrías acabar con muchas de mis verdades sin apenas proponértelo.

Entonces Julia acerco sus labios hasta los suyos, le besó suavemente y luego abrazó a aquel extraño que acaba de abrirle su alma ennegrecida, que, a su modo, había llorado para ella. Conformaban una estampa fantasmagórica, envueltos de fría niebla de atardecer, fundidos en un abrazo, con los pies perdidos entre las hojas secas de castaños de indias y la oscuridad de la noche cerniéndose sobre sus cuerpos.

Fundido en negro.



miércoles 23 de abril de 2008

Uno de esos días

Se ajustó los casquitos con mimo y puso en marcha el reproductor mp3. La música comenzó a sonar y sus brazos empezaron a moverse con la rapidez de costumbre: Picar un diente de ajo, cebolla; rallar una zanahoria, un tomate pelado y picado, orégano, laurel, sal y pimienta. Cocinar un momento. Agregarle unas hebras de azafrán y cocinar a fuego lento diez minutos (…) se movía con la precisión de un samurai entre los fogones de la amplia y moderna cocina. Mientras se aplicaba en una fina salsa de azafrán controlaba que todo discurriera como estaba previsto, cada uno en su lugar, sincronizados como los astros, impidiendo que nada pueda alterar el éxito de aquel momento: si aquel inspector, acodado displicente sobre una de las mesas de su restaurante, quedaba satisfecho, la segunda estrella michelín estaría en el bote. El fracaso no entraba en sus planes pues comenzaban a retumbar sobre sus sienes los primeros compases del bajo de “One of these days”. Aquella canción fue todo un hallazgo, un encuentro inesperado en mitad de un día cualquiera.

Fue durante una clase práctica en la escuela de hostelería; comenzaron a sonar sus acordes a través de aquella vieja radio a la que rara vez prestaba atención, concentrado, como solía estar, en la preparación del plato que el maestro hubiera mandado elaborar aquel día. Pero esta vez las notas fueron en su busca y como hechiceras le envolvieron en un estado de euforia consciente que pareció dar vida a sus manos, que comenzaron a funcionar autónomas y precisas. Aquel día tocaba elaborar un arroz; la receta era libre así que se decantó por un sencillo rissoto con setas. El maestro Gistau le felicitó con entusiasmo febril. Nunca antes le había visto tan satisfecho, ni con él ni con ninguno de sus otros compañeros.

- C’est magnifique monsieur Wan. El arroz es un plato aparentemente sencillo –dijo aquel gurú de su tiempo dirigiéndose al resto de la clase- considerado casi menor, pero… -hizo un pausa dramática- … la perfección en su preparación es patrimonio de sólo algunos pocos. Le felicito monsieur Wan, no sé si será fruto de la casualidad o es que estamos ante un talento hasta ahora escondido… ya veremos.

Tuvieron que pasar algunos meses hasta que volvió a escuchar esos acordes que le sumieron en un estado primigenio e insólito, ese que en una primera ocasión no acertó a catalogar acertadamente pero que luego supo que se trataba del trance del genio, algo inexplicable sólo reservado a aquellos pocos que tuvieron la suerte de encontrar la llave de su cofre; esa que a él se le prestó una tarde cualquiera, a través de una radio destartalada, y que volvió a aparecer, buscándole, mientras compraba discos en una pequeña tienda que había descubierto -por casualidad- cerca de la escuela superior en donde cursaba su último curso de cocina. La tienda estaba enclavada en el Montmartre, a medio camino entre la escuela y su apartamento; entró por primera vez en ella una lluviosa tarde de verano incipiente -o de primavera postrera- en la que había decidido volver dando un paseo y no en metro, como era su costumbre.

Mientras repasaba algunos viejos clásicos del jazz comenzó a sonar -otra vez- en el tocadiscos en el que el propietario de la tienda pinchaba viejas joyas de otros tiempos. Se acercó como un resorte hasta el mostrador y preguntó acerca de la canción. En el tiempo que llevaba acudiendo con regularidad semanal a aquella tienda apenas había cruzado unas cuantas palabras con aquel tipo de aspecto perezoso e indolente, siempre en Babia; la pregunta pareció sacarle del letargo y comenzó a narrar una detallada colección de datos que rodeaban la canción, al álbum y al grupo: nombre, año de publicación, músicos que intervinieron, productor, compositores, arreglistas, rock progresivo y psicodélico, una sóla frase contenida en su interior, anecdotario general del proceso de grabación, algo sobre droga y percepción y algunos apuntes generales de gloriosos tiempos ya pasados. Tras soltar toda la retahíla y regresar -sin transición mediante- a su estado natural, el anacrónico vendedor preguntó entre la pasividad y la retranca:

- ¿Qué pasa tío, que no conoces a los Pink Floyd?... hay que joderse

****

Con el devenir de los tiempos probó otras canciones, buscó hasta en los más profundos lugares otras llaves que abrieran otros cofres en su interior, que le condujesen a estados paralelos, o al menos parecidos, al ya conocido. Se convirtió en un buscador de sabores y músicas. Pero no pudo encontrar nada, ni una sola conjunción de notas que le transportase más allá del puro gozo. En realidad nunca dejó de buscar, pero yo ya les puedo contar que, nunca, durante su larga y exitosa andanza vital, lo halló.

Pulsó el stop y terminó de distribuir la perfecta salsa de azafrán sobre un plato de vieras, armonía de los sentidos. Todo su equipo le miraba con expectación mientras rebañaba la cucharilla entre sus labios con gesto de plena satisfacción. La segunda estaba en el bote.





domingo 20 de abril de 2008

Muerte de una cabra

Recorro con lentitud las amplias estancias de piedra y madera de la vieja casa familiar, en aquel que un día fue mi pueblo; del que huí con un petate a la espalda y todo el ansia de mi juventud inconsciente preñada de un pensamiento, de una sola idea: Salir de aquel lugar perdido en mitad de la nada, o de una planicie Extremeña, que para mí es (o era, no sé) lo mismo que la nada.

Camas desvencijadas, colchones raídos, aperos oxidados, cochiqueras y caballerizas abandonadas… todo yace en el olvido del desuso, sepultado con paciencia por el polvo del tiempo. Lo observo con pesadumbre y, a pesar de todo, con melancolía. Imagino que son cosas de esta vejez testaruda que en su avance nos va dotando de extravagantes preferencias que antes siquiera hubiéramos llegado a intuir.

Me detengo observando las ruinas de mi pasado y aparece ante mis ojos, fruto de algún conjuro inevitable, lo que un día fue aquello, en plenitud de actividad del último estío: de tabaco secando, granero preñado, olivas macerando, cerdos que miran de cerca a la muerte y gallinas deambulando sin rumbo ni razón aparente. Todo en perfecta sintonía con el devenir inexorable de las estaciones, sin relojes ni calendarios que las predigan, sólo el sol, que como un dios imperturbable, mata o da vida, que marca el ritmo de todo aquello que fue.

Pensé que todo estaba olvidado pero acuden sin permiso estos recuerdos que creí exiliados para siempre, que luché por desterrar porque entonces sólo significaban pasado campesino de manos encallecidas, sudor de huerta y olor a bestia. También desterré a mi padre, ese que nunca quise reconocer como mío, al que odié y luego olvidé porque sólo significaba palizas, incultura, desesperanza y muerte.

He recorrido los cinco continentes y he trabajado siempre con el viento arreciando en la cara. Me hice marinero porque el mar significaba libertad, horizontes despejados y días y días sin tierra a la vista que me recordara mis orígenes. Era lo menos parecido a aquello entre lo que crecí, su olor penetrante alejaba en cada bocanada el recuerdo de este lugar que creí olvidado para siempre y que ahora recorro con exasperante lentitud, recreándome en cada rincón, sólo mi vejez sabe por qué. .

Y ahora, con la mirada perdida en otro tiempo, recuerdo el momento exacto en que tomé la decisión de alejarme para siempre de todo esto: En medio del patio veo a mi padre, con esa cara de bestia parda que creí olvidada, con el gesto en una mueca entre el esfuerzo y el gozo, su eterno cigarro en la comisura de los labios, degollando aquella cabritilla que hubo nacido de mis manos unos meses antes, a la que alimenté con esmero pues su madre quedó seca, a la que hube cogido un especial cariño a pesar de ser bestia, aún cuando nadie lo comprendiera bien del todo.

“Hoy comeremos carne tierna, hijo, que te paise”. Dijo ahogándose en una carcajada tuberculosa.

Publicado originalmente en el Tintero Virtual de Terra (Escritores).



jueves 17 de abril de 2008

Tintero Virtual

Hace ya algunos años debatía acaloradamente en el foro de actualidad de terra. Digamos que este fue mi bautizo cibernaútico, mis primeros pinitos en esto de pensar (¿?) y luego escribir. Hará un par de meses volví por un poco por nostalgia, un poco por ver como se vivían la campaña electoral desde la opinión de la gente que por allí se congrega y… que decirles… que duré dos días porque aquello es un ciberestercolero difícil de clasificar.

Paseando por el resto de foros recalé en uno que reza bajo el título “Escritores”. Por allí se congrega gente que se dedica a escribir cuentos cortos y poesía. Promueven un concurso semanal llamado “tintero virtual”. Las reglas son muy sencillas: Se escribe un cuento (de 4.000 caracteres como extensión máxima recomendada) o una poesía sobre un tema propuesto. Se votan los cuentos o poemas preferidos, pasados unos días. El ganador propone un nuevo tema y se reanuda el ciclo. También se abre un foro al finalizar en el que se realiza una sobremesa y se debate sobre los últimos cuentos.

He participado en el último de los concursos que todavía, a estas horas, se está votando. El tema era “La cabra”. ¿Se imaginan?

Quiero animaros a todos los escribís ficción que os animéis a participar. Casi todos los blogs que visito (los de ustedes) son de “cuentistas” así que seguro que el foro se vería enriquecido con vuestras aportaciones. No tenéis más que daros de alta en terra

Lo considero interesante por dos razones, básicamente:

- Es un buen ejercicio que te obliga a escribir sobre un tema que muchas veces siquiera hubieras imaginado.

- Permite, una vez finalizadas las diferentes aportaciones, ver como el mismo tema puede afrontarse de maneras casi infinitas.

Para visitar el lugar no tenéis más que pinchar aquí.

Os espero.

miércoles 19 de marzo de 2008

El banco y su roble

El que otrora fue un lustroso banco de madera yace su agonía final en medio del otoño de cualquier parque; junto a él un anciano roble, ese que siempre fue, sin remisión, fiel abrigo. La estampa es la de ambos sumidos en niebla persistente de húmedo atardecer, rodeados de un manto de hojas secas, esas que un día fueron rojo intenso y que acabaron al poco arrastradas por el frío, como cometas a la deriva.


Las hojas caían ahora, grises y marchitas, sobre las tablas del viejo banco, acariciándole; le obsequiaban con ese simulacro de contacto que atraía instantáneo el recuerdo de un pasado mejor, mucho mejor, que se dibujaba cada día más evidente y más lejano. Recuerda, entre susurros de viento, que no hace mucho, uno gozaba del calor de amantes apasionados, lectores embebidos, calmos viejos, madres impacientes, niños irreverentes… mientas el otro alzaba toda su belleza de fuego al sol de la primavera.

Componen juntos un surrealista cuadro de bella decrepitud.

- ¿Y ahora qué? – Gime el banco, casi sin preguntar - ¿Me echarás de menos?
- El tiempo es tan relativo – es toda la respuesta que pudo dar el roble tras horas en silencio - ¿Qué significa echar de menos?
- Yo echaré de menos la caricia liviana de tus hojas de otoño. Tu vigor en primavera. Esa belleza que exhibes sin recato y que atrae a todos los que vienen a mí.

El roble volvió a tomarse su tiempo antes de hablar, se quedo un buen rato disfrutando del viento frío que azotaba su superficie, arrastrando su yerma estirpe

- Creo que tú sólo echaras de menos tu propia utilidad. Yo no puedo saber que es eso.
- ¿Estás seguro? - Y crujieron sus tablas en un suspiro de derrota.

Poco antes de la primavera fue groseramente arrancado del trozo de tierra que fue suyo; y vio, antes de que lo acabaran de despedazar, como colocaban en aquel terruño removido un flamante banco metálico; y supo que este nunca podría conversar con su roble en la soledad de las tardes del otoño, pues la madera y el metal no hablan en el mismo idioma.

Y al cabo de los años supo por fin el roble cual era la respuesta adecuada… pero ya no quedaba nadie que pudiera entenderle.

domingo 16 de marzo de 2008

El mecanismo del ko

"El cuerpo sabe algo que los boxeadores desconocen: cómo protegerse. El cuello sólo gira hasta un punto determinado. Si lo llevas más allá, el cuerpo dice: ’Eh, ya me encargo yo, está claro que tú no sabes lo que haces. Ahora échate y descansa. Ya hablaremos cuando te recuperes”. Se llama mecanismo del ko".

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Ayer estuve viendo, una vez más, “Million dolar baby”. Lo mío con esta película se está convirtiendo en obsesión. Cada vez que la veo me gusta más. Habla de boxeo, es su tema central, pero tiene tantos mensajes subterráneos… tantos afluentes. Siempre me deja pensativo… con mi cabeza derivando hacia algún lugar en el que no se habría aventurado de no ser, en este caso, por Eastwood.

Una cosa es admitir la genialidad porque no queda otra, porque no hacerlo parecería un sacrilegio, lo haces casi de carrerilla… y otra muy distinta percatarse de su por qué, cuando tienes delante una obra indiscutible. Es tan subjetivo y a la vez tan evidente. Es tan redondo que te atrapa para siempre. Como cuando una canción te perfora y se te queda alojada, perpetuándose en ti y en el momento que te atrapó y la disfrutaste por primera vez. Si no fuera redonda, no sería para siempre. Lo que no es orondo, subjetivamente irreprochable, es tragado por el sumidero, queda, de manera inexorable, olvidado dentro de ese tamiz inflexible que es el suceder de los acontecimientos.

El tiempo, en su extraño devenir, también tiene su mecanismo del ko.

Cada vez resulta más complicado encontrar cosas que me resulten perfectas hasta el punto de llenarme. La música, los libros, las películas… ya no calan como antes, los mitos comienzan a agrietarse, a exhibir evidentes sus pies de barro, los matices quieren difuminarse. Y con ellos se me escapan muchos asideros, quedan atascados en el penúltimo tamiz. Me siento, cada vez más, en un imperfecto equilibrio en el que me resulta complicado saber a ciencia cierta si voy o vuelvo. No sé si el criterio juega a mi favor o mi contra, no sé si se me mueren los sentimientos, vivos, inexplicablemente perfectos, o es que ya no tengo derecho a más... que ya los viví y punto. No sé si esto es evolución o involución, no estoy seguro de si voy ganando o perdiendo, de si han comenzado fallarme las conexiones con el exterior y me encuentro cada vez más incomunicado.

Cada vez hay menos canciones, menos películas, menos libros, menos gente, que consiguen llenarme… el criterio también tiene su mecanismo del ko.

Afortunadamente conservo unos pocos tesoros, visitados y revisitados, mil veces filtrados, y creo que todavía soy capaz de encontrar algunos más. El gozo se espacia, el tiempo y el criterio adquirido no perdonan, y cada vez cuesta más encontrar colores que jalonen las orillas de mi camino. A pesar de las dudas, de las que siempre consigue meterme este tipo llamado Clint, creo que la vida todavía me depara muchas sorpresas… si no ¿qué coño haría yo aquí hablando de él?, si no ¿tendría dudas?





martes 11 de marzo de 2008

Requiem

Hoy hace exactamente cuatro años que unos fanáticos cagaron de explosivos sus mochilas y se dirigieron a distintas estaciones de la provincia de Madrid. Programaron las cargas para que acabaran estallaando de manera simultanea en la estación de Atocha, en el centro de la capital, a la hora de mayor tráfico de personas. Padres, madres, hermanos o hijos que se dirigían como zombis hacía sus diferentes ocupaciones. Gente como tú o como yo, que enfrascados en sus pensamientos cotidianos se vieron sorprendidos por el estallido de las bombas. 192 perdieron la vida. Es un número, un número estremecedor pero no significa más que la cantidad de muertos que hubo. En realidad las víctimas fueron muchas más, unas de manera directa e imborrable, mutilados en sus almas y en sus cuerpos, condenados a que la pesadilla quede para siempre enraizada en sus recuerdos y en sus carnes, perenne e imborrable. Otros lo sufrimos estupefactos, en forma de profundo escalofrío que recorre la espina dorsal y queda alojado en forma de perpetua tristeza, de asco, de incredulidad al darnos cuenta una vez más de lo que son capaces algunos de nuestros congéneres en nombre de la barbarie. Y sólo se puede decir barbarie porque si cayésemos en el error de decir que es nombre de algún dios o alguna idea estaríamos pervirtiendo a ese dios o a esa idea que fue tomada en vano por un perturbado que no merecía siquiera pensarla.

Hoy hace exactamente cuatro años que murió un pedacito de todos nosotros, y que sentimos un dolor y una rabia que debieran unir, solidarizar, hacer que no importe la condición social, ni la religión, ni el país de procedencia, que dejan diáfano quien es el enemigo y que donde se encuentra: justo ante nosotros, nunca entre nosotros. Cuatro años en los que tuvimos delante un examen, que nos encontramos ante la oportunidad de demostrar que éramos un país maduro y que por fin sabíamos lo que era la democracia que se nos había otorgado, casi por casualidad, treinta años antes. Un examen que, por desgracia, no superamos y seguimos sin superar.

Cerramos, como siempre, la puerta en falso, quisimos justificar cosas que a nadie debieran importar, porque lo importante no era nada de eso sino todos aquellos que quedaron tendidos en la fría vía de una mañana de Marzo y cuyo único delito fue el de levantarse muy temprano, como cada puto día, para ir a trabajar.


In memoriam